XXVIII
El incesante tic-tac de un reloj que no veía, le estaba taladrando la cabeza casi de la misma manera que el golpe que recibió. Entreabriendo los ojos, reconoció lo que parecía ser fuego, aún todo le estaba muy borroso. Intentó levantarse un poco, pero un calambre que lo envolvió completo se lo impidió. Estaba asustado, aturdido y adolorido a más no poder.
—Veo que al fin despiertas —escuchó que le decían en perfecto francés—. Lo siento, me pasé al golpearte con la silla, pero resultast