Después de que Maxwell se marchara, recorrí la casa de huéspedes.
Era casi tan grande como todo el ático. Jamás imaginé que encontraría algo así. No era mío, y lo sabía. Pero por ahora sí lo era. Y aún no entendía cómo había tenido tanta suerte. Esa era la sensación: había tenido mucha suerte.
La casa de huéspedes tenía una sala de estar con un televisor de pantalla plana de lujo y sofás largos y bajos, más cómodos que cualquier otro que hubiera conocido.
Había un comedor aparte, demasiado form