Sus dientes rozaron mi clítoris y grité de un placer sobresaltado y delirante.
Tiré de él y me di cuenta, con retraso, de que había enredado mis manos en su cabello.
Intenté retirarlas, pero él sujetó una, guiándola de vuelta a su cuero cabelludo. «No pares», murmuró contra mí. «Demuéstrame que lo deseas».
¿Desearlo? Intentaba comprender cómo había podido existir sin esto.
Endureció la lengua y volvió a penetrarme, comenzando a embestirme con movimientos rítmicos. Flexioné las caderas, empujánd