Lorenzo Castillo no pedía citas médicas. Él convocaba a los médicos.
Pero hoy, la obsesión por ver a su "heredero" lo había vuelto extrañamente dócil ante el protocolo.
Estábamos en la sala de espera VIP de la Clínica Ruber, sentados en sofás de cuero blanco, esperando a que la doctora Almansa nos recibiera para la ecografía del segundo trimestre.
Lorenzo me sostenía la mano. Su palma estaba caliente, húmeda. Estaba nervioso.
—Hoy lo veremos —dijo, mirando la puerta cerrada con una ansiedad inf