La cena oficial con los inversores japoneses era un campo de minas diplomático.
La mesa del comedor principal se extendía como una pista de aterrizaje de caoba y plata. Lorenzo presidía la cabecera, impecable, regio.
A su derecha, yo, la esposa trofeo con cerebro de tiburón. A su izquierda, Alejandro, el hijo pródigo que parecía haber envejecido diez años en diez días.
El embajador Nakamura hablaba de aranceles portuarios con una lentitud ceremonial.
—La eficiencia es clave —dijo Lorenzo, asint