La lealtad en Madrid duraba menos que un hielo en el asfalto de agosto.
Salí de las oficinas de NexTech con las gafas de sol puestas, intentando ocultar las ojeras que el insomnio y la culpa me habían tatuado.
Alejandro no había vuelto a hablarme desde la escena en el invernadero.
Lorenzo estaba ocupado blindando las cuentas en Suiza por si acaso. Y yo... yo estaba sola en medio del fuego cruzado.
Caminé hacia mi coche, aparcado en la zona VIP.
Pero nunca llegué a la puerta.
Una mano enguantada