El invernadero de la mansión Castillo era una jungla de cristal húmeda y calurosa, llena de orquídeas raras que costaban más que el sueldo anual de mi madre.
Alejandro me esperaba junto a la fuente de piedra, con la carpeta azul apretada contra su pecho.
La lluvia golpeaba el techo de cristal sobre nuestras cabezas, creando un ruido de fondo constante y aislante.
—Aquí están —dijo, abriendo la carpeta sobre una mesa de jardinería—. Mira las fechas. Mira las firmas.
Me acerqué. La luz tenue de l