La cocina estaba a oscuras cuando Valentina bajó por agua pasada la medianoche.
Esa era la primera diferencia. Las otras noches, la luz pequeña sobre la campana de la cocina quedaba encendida. Esta noche no: el pasillo en penumbra, las escaleras oscuras, y la cocina al fondo con esa clase de oscuridad que nunca es total porque los pueblos, aunque sean pequeños, siempre cuelan algo de luz exterior por las ventanas.
La segunda diferencia fue el olor.
Whisky. Suave, de fondo, inconfundible. El olo