No fue poético, fue un hecho físico que ella registró con precisión. La de ella, todavía acelerada por la ducha y por el descenso repentino de temperatura y por lo que llevaba ocurriendo en su pecho desde que Marcos se había girado. La de él, más lenta, más controlada, pero audible en el silencio de las once de la noche con la casa entera quieta alrededor.
Marcos levantó la mano izquierda.
La dejó suspendida a un centímetro de su mejilla. Sin tocarla. El calor de su palma llegó antes que el con