Capítulo 4

Valentina pasó la tarde en el porche con el portátil, mandando correos a contactos que habían prometido tenerla en cuenta, actualizando el portfolio. El trabajo de reconstrucción profesional era discreto y agotador: convencer a otros de que eras buena justo cuando tú misma habías dejado de creértelo del todo.

A las nueve y cuarto, mientras guardaba el portátil, Marcos salió de la casa con dos copas y una botella de vino sin decir nada, las puso en la mesa del porche, y volvió a entrar. Valentina se quedó mirando las dos copas durante un momento que no supo bien cómo clasificar.

Cenaron en la mesa de la cocina con el ventanal abierto al jardín y la luz baja. Marcos había cocinado pasta, algo simple, y lo había hecho bien. Bebieron vino. La conversación empezó siendo funcional, sobre el proyecto en Valencia que Marcos tenía pendiente de cerrar, sobre las aplicaciones que Valentina mandaba, sobre el mercado del diseño en ciudades medianas versus la capital. Cosas con respuesta. Cosas seguras.

Y entonces Marcos contó lo de Daniela.

No fue una historia larga. Fue una imagen: Daniela a los siete años presentando en la escuela su primer dibujo de una casa, orgullosa hasta la exageración, convencida de que su padre le diría que tenía madera de arquitecta. Y Marcos mirando ese dibujo, que era una caja de color rojo brillante con una ventana circular que físicamente no podía existir dado el grosor de los muros representados, y diciéndole con toda la seriedad del mundo que la estructura no aguantaría la presión del tejado.

—¿Qué hizo ella? —preguntó Valentina.

—Me dijo que yo no entendía el arte. —Marcos miró su copa. En la comisura de su boca apareció algo genuino, pequeño, que no había pedido permiso para estar ahí. —Y luego fue a su cuarto, rediseñó la ventana en cuadrado y volvió a enseñármelo.

Valentina se rió.

Marcos también se rió, y el sonido fue tan inesperado, tan diferente a todo lo que había salido de él en los dos días anteriores, que ambos tardaron un segundo en volver al estado anterior. La risa se quedó flotando entre las dos copas más tiempo del que debería haber estado.

Marcos rodó el cristal de la copa entre los dedos, índice y corazón en la base, y miró el vino durante lo que Valentina calculó como veinte segundos. En la vela del centro de la mesa, que era una vela de esas de emergencia que no estaba puesta para crear ambiente sino porque efectivamente la había ahí, la cera goteaba hacia el lateral izquierdo formando una pequeña cascada blanca.

—Tiene el carácter de su madre —dijo Marcos al fin, y lo dijo en un tono diferente, más bajo, como si lo estuviera diciendo para él más que para Valentina.

Valentina no respondió.

Sabía que Carmen había muerto hacía siete años. Sabía, porque Daniela lo había dicho alguna vez entre frases, que su padre no hablaba de ello. Abrió la boca. No dijo nada. Y él tampoco añadió nada más, y el momento pasó como pasan esas cosas que no se tocan: dejándolas estar hasta que el tiempo las cubre.

Recogieron los platos. Valentina fregó, Marcos secó, y trabajaron en silencio durante diez minutos con una coordinación que nadie había ensayado y que, precisamente por eso, resultaba más difícil de ignorar. Cuando ella colgó el último plato, él estaba apoyado en la encimera con las manos en los bolsillos mirando hacia el jardín oscuro.

—Buenas noches —dijo sin girarse.

—Buenas noches.

Valentina subió. Tardó veinte minutos, ya en la cama con la luz apagada, en darse cuenta de que seguía pensando en la forma en que había dicho tiene el carácter de su madre: como alguien que sostiene algo precioso con la misma mano con que lo protege de todos los demás. No supo por qué eso le apretó algo en el centro del pecho. No lo intentó averiguar.

                                                                              *****

Fue el agua lo que la delató. Valentina llevaba media hora bajo la ducha sin darse cuenta de que el tiempo pasaba, dejando que el calor hiciera el trabajo que el cuerpo a veces necesita que el agua haga: lavar cosas que no tienen nombre y que se acumulan durante el día en capas. Cuando salió y extendió la mano hacia la silla donde había dejado la ropa, la silla estaba vacía. La había dejado en el cuarto.

Se quedó mirando la puerta del baño con la toalla ajustada al cuerpo y la certeza de que tenía dos opciones: esperar a que el pelo mojado le empapara la toalla o bajar un momento a buscar algo que ponerse. Eran las once y cuarto. La casa estaba en silencio completo. Bajaría rápido, subiría rápido, nadie la vería.

Bajó.

La cocina estaba encendida, y detuvo en el marco de la puerta. No fue una decisión consciente: fue lo que hizo el cuerpo porque el cuerpo procesa algunas cosas antes que la mente y a veces acierta y a veces no. Marcos estaba de espaldas a ella junto a la ventana, sin camisa, con unos pantalones de pijama de algodón oscuro que colgaban bajos en las caderas de una forma que Valentina registró antes de poder no registrarla. Tenía un vaso de agua en la mano y miraba el jardín negro con la concentración de alguien que está mirando algo que no se ve con los ojos.

No entró ni salió. Marcos se giró.

Sus ojos la encontraron en el marco de la puerta: la toalla ajustada al cuerpo desde el pecho, el pelo mojado pegado al cuello y a los hombros desnudos. La recorrió de arriba a abajo con una lentitud que no fue lasciva sino algo más grave, más deliberado, como alguien que toma nota de algo que no sabía que iba a necesitar recordar.

El aire en la cocina cambió. No fue una metáfora: fue físico, perceptible, el tipo de cambio de densidad que la piel detecta antes que los pulmones.

Ella cruzó hacia la nevera porque necesitaba moverse, porque quedarse quieta en el marco era peor. Abrió la puerta. El frío de la nevera le golpeó en las piernas desnudas y notó, con una conciencia brutal e involuntaria de su propio cuerpo, cómo el frío hacía lo que el frío hace. Solo el frío, se dijo. La tela de la toalla era demasiado delgada y el frío de la nevera era muy concreto y eso era todo.

Marcos no se había movido.

Cuando ella cerró la nevera, él seguía ahí, a menos de un metro, con el vaso apretado en la mano. Pudo verle los nudillos blancos sobre el cristal. Pudo ver también, porque la distancia no daba para no verlo, la fina película de sudor que cubría su pecho, que no tenía explicación lógica dado que la noche era fría. Olía a jabón, a algo que había debajo del jabón, a algo más oscuro y cálido que Valentina no intentó identificar porque identificarlo habría significado admitir que lo estaba buscando.

Sus respiraciones se encontraron.

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