Capítulo 3

La mañana llegó con luz gris y el olor a café colándose por debajo de la puerta del cuarto.

Valentina llevaba despierta desde las seis y cuarto, que era más temprano de lo que había abierto los ojos en semanas, y lo primero que hizo cuando llegó el olor fue intentar convencerse de que era el café el que la había despertado y no los cinco segundos del vidrio que llevaban repitiéndose desde medianoche. No funcionó el convencimiento. Rara vez funciona cuando uno sabe la verdad.

Se vistió despacio. Bajó.

Marcos ya estaba en la cocina, de espaldas a la entrada, moviendo algo en los fogones con esa economía de movimientos que tenía para todo. Llevaba camisa, pantalón de trabajo, los primeros minutos del día ya convertidos en eficiencia. Valentina entró y fue directamente a buscar una taza.

—Buenos días —dijo él sin girarse.

—Buenos días.

Valentina abrió el armario donde los vasos debían estar lógicamente y encontró los vasos donde efectivamente estaban, porque en esta casa todo estaba donde debía. Sacó una taza, se giró hacia la cafetera, y encontró una segunda taza ya puesta encima de la máquina, llena, con la cantidad exacta de leche que ella usaba: poca, apenas un toque, lo suficiente para cortar el amargor sin convertirlo en otra cosa.

Se quedó mirándola.

Había pedido café con leche en exactamente dos situaciones desde que llegó: una en el café de la estación cuando bajó del autobús, y otra la tarde anterior cuando ella misma se hizo uno en la cocina mientras Marcos no estaba. Ninguna de las dos veces había estado él presente.

—¿Cómo sabías? —dijo.

Marcos se giró. En su mano había un cuchillo y medio limón. La miró un segundo, calibrando la pregunta.

—¿Que te gusta con poca leche?

—Sí.

—Te observo. —volvió a lo que hacía con la misma calma de siempre. —Es lo que hace la gente cuando comparte espacio con alguien.

Valentina tomó la taza. El café estaba exactamente en su punto.

—Eso es inquietante —dijo, aunque no lo era. O sí lo era, pero no de la forma en que lo decía.

Marcos no respondió. Cortó el limón en dos mitades perfectas, sin apresurarse, sin comentario adicional. Valentina se sentó en el taburete del extremo de la barra, la distancia más segura que encontró, y bebió su café mientras él terminaba de preparar lo suyo con esa economía de movimientos que lo caracterizaba: sin gestos de más, sin ruido innecesario, como alguien que ocupa el espacio exacto que necesita y no un centímetro más.

Desayunaron sin hablar. No era un silencio incómodo. Era, y eso era más preocupante, un silencio que ya empezaba a parecerle natural a Valentina. Eso no era bueno. Eso era exactamente lo tipo de cosa que no debería parecerle natural en el día dos de convivencia con el padre de su mejor amiga.

Media hora después del desayuno, con Marcos ya encerrado en su estudio y la casa quieta como siempre, Valentina se quedó en la cocina con la segunda taza de café y la necesidad concreta de hacer algo con las manos.

Encontró la despensa.

La abrió buscando algo con qué hacer una tostada decente y tardó diez segundos en darse cuenta de que lo que tenía delante era una obra de ingeniería doméstica. Las especias estaban organizadas alfabéticamente. No metafóricamente, no aproximadamente: el azafrán antes que el cardamomo, la canela antes que el cilantro, la cúrcuma antes que el eneldo. Todas con las etiquetas hacia afuera. Todas en tarros del mismo tamaño, en la misma línea, con la misma distancia entre ellas. Valentina contó hasta doce variedades de especias que nunca había usado en su vida y que probablemente nunca usaría, una de las cuales era za'atar, otra ajenuz, y una tercera que en la etiqueta decía pimienta de Sichuan como si eso fuera una necesidad básica del hogar.

Estaba leyendo la etiqueta de la pimienta de Sichuan cuando escuchó pasos en el pasillo.

—¿Buscabas algo?

Marcos estaba en la entrada de la cocina con una carpeta bajo el brazo y cara de alguien que ha salido un momento de trabajar y ha encontrado a un intruso leyendo sus especias en profundo desconcierto.

—Sí —dijo Valentina sin cerrar la despensa. —Señales de vida humana normal. ¿Quién organiza el orégano por orden alfabético?

—Una persona civilizada.

Lo dijo sin inflexión de ningún tipo. Sin ironía, sin orgullo defensivo: como quien dice algo que no necesita explicación porque es, simplemente, la respuesta correcta. Valentina lo miró. Él la miraba con la misma expresión de siempre, completamente imperturbable ante el escrutinio.

—Eres el tipo de persona que dobla la ropa interior, ¿verdad?

—En cuadrados perfectos.

Valentina cerró la despensa, tomó el pan de la panera, y salió de la cocina murmurando algo que incluía el nombre de Daniela y la palabra explicación. Detrás de ella, en la cocina vacía, Marcos guardó la carpeta bajo el brazo. Y si en la comisura de su boca hubo durante exactamente un segundo algo que se parecía a una sonrisa, solo él podía haberlo visto y nadie más iba a poder probarlo.

*****

Con las tostadas ya terminadas y la necesidad urgente de hablar con alguien que respondiera con más de cuatro palabras, Valentina salió a explorar el pueblo.

Villarejo era lo suficientemente pequeño para recorrerlo a pie en veinte minutos, lo suficientemente grande para que hubiera rincones que olvidabas si no pasabas por ellos. Caminó sin mapa ni propósito concreto, dejando que los pies eligieran, y los pies la llevaron por la calle Mayor hasta la plaza y de la plaza a una callejuela lateral donde un letrero pintado a mano sobre una puerta decía, simplemente: LUCÍA. Con dos mariposas dibujadas en los bordes que alguien había añadido después y que no pegaban nada con el resto del letrero.

Entró.

El café olía a tostadas recientes, a leche caliente y al desorden organizado que tienen los sitios donde alguien trabaja de verdad. La barra era larga, la pizarra del menú tenía tres tachones y la oferta del día escrita con tiza verde que se había corrido hacia un lado. Detrás de la barra, una mujer de unos treinta y tantos años con el pelo recogido en un moño que había sobrevivido claramente a muchas horas de servicio llenaba una cafetera con la eficiencia de alguien que lleva haciéndolo desde antes de que Valentina se hubiera despertado.

—¿Qué vas a querer? —dijo sin levantar la vista.

—Un café con leche.

La mujer levantó la vista entonces. La miró durante un segundo con la clase de mirada que evalúa sin disimular que evalúa, como alguien que se ha pasado años sirviendo cafés a la misma gente y ya sabe leer una cara nueva con bastante rapidez.

—Tú eres la amiga de Daniela. —No era pregunta.

—Valentina.

—Lucía. —Extendió la mano por encima de la barra y la estrechó con una firmeza que Valentina no esperaba. —¿Cómo vas con el arquitecto?

—¿Perdona?

—Que cómo te llevas con Marcos. —Volvió a la cafetera con total naturalidad. —Todo el pueblo sabe que te quedas en su casa. Es un pueblo pequeño, no es crítica, es aritmética.

Valentina abrió la boca, la cerró, y eligió sentarse en el taburete de la barra antes de responder.

—Bien —dijo. —Nos llevamos bien.

—Ajá.

El tono era perfectamente neutro. Demasiado neutro. Lucía puso el café delante de ella con un gesto experto y apoyó los codos en la barra con el aire sereno de alguien que tiene tiempo y no va a desperdiciarlo.

—¿Cuántos días llevas?

—Uno.

La miró levantando apenas las cejas. —¿Y ya se llevan bien.

—¿Hay algo malo en eso?

Lucía inclinó la cabeza apenas. —¿Debería haberlo?

Valentina bebió su café. Era bueno. Lucía limpió la barra con un paño, metódicamente, sin apartar del todo los ojos de ella. El tipo de atención que no presiona pero que tampoco se va.

—¿Llevas mucho tiempo en el pueblo? —preguntó Valentina, que necesitaba cambiar el eje de la conversación.

—Toda la vida, excepto cinco años que me fui a la capital a estudiar y aprender que no me gustaba la capital. Volví, puse esto, y aquí sigo. —Lucía apoyó la cadera en la barra. —¿Y tú? ¿Cuánto tiempo te quedas?

—Unos meses.

—En casa de Marcos. —Era la tercera vez que lo decía. No parecía casualidad.

—Ya lo mencionaste.

—Solo lo afianzo. —La media sonrisa de Lucía era de las que no pedían disculpas. —Daniela habla mucho de ti. Dice que eres la persona más brillante que conoce y también la más cabezona.

—Eso suena a Daniela.

—Dice también que cuando te enamoras, te enamoras hasta el fondo, que es donde más duele y donde más vale. —Lucía tomó su propio café. —No sé a qué venía a cuento, pero lo dijo una vez.

Valentina pasó el pulgar por el borde de su propia uña bajo la barra, donde nadie podía verlo.

—No es lo que parece —empezó.

Lucía levantó las dos manos abiertas. —Yo no dije que fuera nada.

No añadió nada más. Pero la media sonrisa siguió ahí mientras Valentina terminaba el café, y eso era más que suficiente para que Valentina supiera que había encontrado, sin buscarlo, a la única persona del pueblo con quien la verdad eventualmente iba a salir a la superficie sin poder evitarlo.

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