El comedor del hotel destilaba opulencia, con candelabros que derramaban luz ámbar sobre las mesas de caoba y un aroma a especias exóticas flotando en el aire. Diego cortaba su filete con precisión quirúrgica, pero sus ojos avellana, encendidos por una determinación feroz, apenas rozaban el plato. Frente a él, Carmen picoteaba su ensalada, su moño plateado capturando reflejos dorados, mientras Ana, con su cabello rubio cayendo en cascadas sobre un vestido escarlata, mantenía una postura tensa,