El sol de Miami se derramaba sobre el parque como un manto dorado, tejiendo reflejos en los senderos de grava y los columpios que danzaban al compás de una brisa salada. Diego caminaba junto a Carmen, su madre, con el pequeño Mateo aferrado a su mano, sus pasos cortos y desordenados marcando un ritmo inocente. El aire llevaba un perfume de hierba recién segada y sal marina, entrelazado con la esencia amaderada de Diego, un aroma que parecía anclarlo al presente mientras su alma vagaba hacia Val