El sol de julio abrasaba las calles de Miami, pero en el interior del centro de convenciones, el aire acondicionado envolvía a los asistentes en un abrazo gélido. El murmullo de voces, el tintineo de copas y el roce de trajes impecables llenaban el salón, donde los mejores cirujanos del mundo se reunían en un congreso médico de prestigio. Diego Rivera, con su traje azul medianoche que abrazaba su figura atlética, era el centro de las miradas. Cuatro años de trabajo incansable lo habían converti