El crepúsculo se deslizaba sobre San Juan como un manto de ámbar, tiñendo las calles con un resplandor que susurraba promesas quebradas. Diego Rivera avanzaba con pasos firmes, pero su corazón era un torbellino. En su mano, apretada como un talismán, llevaba la fotografía de Valeria: sus ojos almendrados lo miraban desde el papel, un faro en la tormenta de su alma. No sabía dónde estaba, solo que se había desvanecido, esfumándose como un sueño al alba. Había jurado encontrarla, arrancarla de la