La sala de recuperación del hospital de Miami era un refugio de sombras, donde la luz pálida se filtraba por las persianas, danzando sobre las paredes blancas. El aroma a antiséptico se mezclaba con el zumbido quedo de los monitores, un recordatorio constante de la fragilidad de la vida. Valeria Cruz yacía en la cama, su cuerpo agotado tras la cesárea de urgencia, las suturas bajo la gasa como un mapa de su lucha por traer al mundo a sus mellizos: un niño y una niña, ahora acunados en incubador