El sol de San Juan se derramaba sobre el apartamento de Ana, filtrándose por cortinas de seda y bañando la sala en un resplandor que no lograba calentar el vacío en el pecho de Diego Rivera. Sentado en un sillón de terciopelo, sostenía a Mateo, su hijo de dos meses, cuyo calor frágil lo anclaba a una realidad que se le escapaba. Los ojos del pequeño, oscuros y profundos, lo miraban con una pureza que lo desarmaba, pero una sombra persistente lo atormentaba: ese niño, bautizado Mateo por sugeren