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El hombre que me miró diferente.

Chelsea Hale.

Se trataba de un hombre guapo, quizá algunos años mayor que yo. Lo sospechaba por las leves marcas de expresión que se dibujaban alrededor de su sonrisa, señales discretas de alguien que ha vivido lo suficiente como para no fingir seguridad. Vestía un traje impecable, hecho para él, como si hubiera sido confeccionado con exactitud para resaltar cada línea de su cuerpo. Sin duda, era un invitado de la fiesta.

Volviendo a su apariencia…

Su cabello oscuro y rebelde parecía una extensión natural de su personalidad, una que se intuía indomable. Tal vez por eso había decidido ayudarme en una situación en la que todos los demás optaron por ignorarme. Sus ojos, de un verde esmeralda brillante, tenían una intensidad difícil de sostener, como si guardaran historias que no se contaban con facilidad.

Su piel, ligeramente bronceada por el sol, delataba a alguien acostumbrado a viajar, quizá por el Caribe, quizá por lugares donde el tiempo se mide de otra forma. En sus labios carnosos se dibujaba una sonrisa serena, casi peligrosa, un gesto que marcaba sus pómulos y le daba un aire de calma absoluta.

Su porte era altivo, propio de un hombre fuerte, seguro de sí mismo. Y el aroma que lo envolvía…

hipnotizante.

Uno de esos que se quedan en la memoria mucho después de que la presencia desaparece.

Me quedé sin habla. Era una suerte que le había agradecido antes.

—Adrian, Adrian. —chilló una chica desesperada. —¡Ven aquí! —expresó con mucho apuro mientras lo jalaba hacia otra parte.

—Nos vemos señorita. —se despidió antes de irse.

“¿Adrian?” Me pregunté internamente, quizás se trataba del primo “oveja negra” de Brandon, es decir, estoy en sus dominios, seguramente aquí vería a muchos miembros de su familia. “Qué horror”. Pensé. “Quizás debía salir de aquí”.

Ahora entendía porque Adrian era la “oveja negra”, incluso su vibra se sentía totalmente diferente a la del resto de la gente que estaba en el lugar. Lo miré a lo lejos, se notaba aburrido, lo sabía por la expresión despreocupaba de su rostro, él cautivaba la atención sin querer hacerlo, era por su aspecto misterioso, te invitaba a querer saber más de él cuando estoy segura de que, es exactamente lo que quiere evitar.

—¡Eres tan estúpida! —me regañó al ver mi ropa manchada de sangre mientras me hacia un escándalo, eso me hartó.

—¡Si no le sirvo, mejor me voy! —rechisté, no tenía porqué soportar sus groserías de esta loca. no importa que me estuvieran pagando valiosas 400 libras y que lo necesitara demasiado, ya suficiente he tenido.

Me di la media vuelta, ya estaba saliendo del lugar, cuando me topé a Brandon en la salida, se acercó a mí y me acorraló con su masculinidad. Quedé expectante.

—¿Me extrañas preciosa? ¿Por eso estás aquí? —de su boca se desprendía un olor a alcohol.

Tragué duro ante su cercanía.

—Eres la última razón por la que estoy aquí, no sabía que la fiesta era de tu compromiso. —necesitaba aclararlo.

Lo escuché charquear la lengua, hacia eso cuando no me creía.

—Admite que me extrañas preciosa… las noches han sido frías. ¿No anhelas el calor de mi cuerpo desnudo contra el tuyo? —me murmuró al oído de una forma tan sensual como seductora, me erizó un poco la piel, quizás mi estúpido cuerpo seguía siendo débil aunque sea un imbécil.

Giré la mirada.

—Pronto vas a casarte, respeta a tu prometida. —regañé.

De pronto lo entendí todo, yo siempre había sido un juego divertido para su ego, lo aparté de mí con cierta fuerza, Brandon se resistió un poco.

—Vamos hermosa, reconoce que te mueres por mí. Sino… ¿Por qué estás aquí?—me insistió mientras con sus frías manos, apretaba mis mejillas, acercando su rostro al mío, como si intentara besarme, no me resistí a su roce, aunque mi razón me dijera que lo hiciera.

Decir que no anhelaba un roce de su boca, sería mentir gravemente, yo le había amado  severamente, con cada partícula de mi ser, y no me arrepentía de mis sentimientos, me sentía mal por darme cuenta de la calidad de hombre que era, sin embargo eso no me quitaba del todo la venda de mis ojos, porque había dentro de mí, una parte que añoraba lanzarme a sus brazos y otra que le aborrecía por haberme minimizado, humillado y sobajado.

—¡Estoy endeudada! ¡Por eso estoy aquí! ¡¿Recuerdas el préstamo que hice?! ¡El que me pediste sacar a tu nombre? ¡Pues tengo que pagar esa gran suma! ¡No pienses que te estoy siguiendo!—le reclamé, me urgía aclarárselo, yo no quería que se hiciera ideas equivocadas.

Le miré directamente a los ojos, él se notaba sorprendido.

—Tienes un gesto duro… ¿ya no me amas?

—No digas tonterías, vas a casarte, tú prometida está aquí, a la que le diste esa gran gema…—exclamé con dureza.

—¡Auxilio! ¡Un doctor! —se escuchó una voz a lo lejos.

Mi instinto de alerta se activó, empujé con fuerza a Brandon y corrí al llamado. No lo pensé mucho, solo quería acudir al grito de auxilio, como lo hacia cuando estaba en la sala de urgencias del hospital.

—¿Qué pasa? —exclamé.

—Mi abuelo, no puede respirar. —una chiquilla chillaba.

Giré la mirada, observé como el señor estaba perdiendo el oxígeno por el color purpúreo de su rostro, de prisa visualicé la escena, había una copa rota en el suelo, él se estaba asfixiando, seguramente se había tragado un objeto grande sin poder masticarlo y este se había atorado en su tráquea.

—Permítame ayudar. —exclamé intentando mantener la calma, porque era lo primero que debía hacer era: averiguar la situación.

—Mi abuelo, se asfixia. —chillaba una chiquilla, sus ojos azules había pánico y llanto.

La gente se arremolinaba alrededor, pero nadie hacia nada.

Gracias a Dios, yo ya había llevado el curso de primeros auxilios y había practicado con un muñeco y con una persona real la maniobra de Heimlich.

—¡Ayúdalo por favor! —me exclamaba la misma niña mientras se me prendía del brazo.

El señor solo estaba haciendo gestos, mientras se retorcía intentando sacarse el trozo de lo que sea que se le había atorado en la garganta.

—¡Haz algo! —volvía a decirme una muchacha rubia.

—¡Cálmate! —le grité. —No me dejas concentrarme.

Se quedó atónita y callada al mismo tiempo.

Tomé al hombre mayor por detrás y, mientras en mi mente repasaba cada uno de los pasos a seguir, lo sacudí con todas mas fuerzas, mientras presionaba el puño de la mano justo sobre la boca de su estómago, repetí la maniobra.

—¡Lo estás matando! —repitió la chiquilla, quizás estaba muy asustada y no entendía lo que yo estaba tratando de hacer.

De pronto, el hombre escupió una aceituna enorme, lo solté enseguida mientras yo y el, intentábamos recuperar el aliento, él por casi estar al borde de la asfixia y yo, por el esfuerzo que conlleva atender a alguien mayor, ya que era sin duda, un hombre más alto y pesado que yo.

La chica rubiecilla de antes, sujetó a su abuelo de los hombros mientras lloraba desconsolada.

—Abuelo Robert. —exclamó realmente conmocionada.

La multitud se abrió.

—¿Qué haces Chelsea? —me regañó mi jefa, quien apareció de pronto, es obvio que, por el tumulto, no se había percatado de todo lo que había sucedido con anterioridad.

—¡Has ensuciado al señor Robert Kingsley! —me gritó la mujer mientras señalaba la mancha de sangre de mi dedo cortado anteriormente sobre el costoso traje de ese gran hombre.

—¡Casi matas al abuelo, niña callejera! —blasfemó la prometida de mi ex novio, y su emoción fue tan enorme y abrupta que, me arremetió con una cachetada de la cual, no pude defenderme porque honestamente yo estaba intentando recuperar mis energías. —¡Salte de aquí! —gritó descontenta. —¡Seguridad! ¡Saquen a esta muerta de hambre! —me maldijo.

Unos hombres muy altos se asomaron a la escena, yo apenas y pude abrir la boca intentando explicar la situación, vi a Brandon de reojo, este negaba con la cabeza como si en verdad yo hubiera hecho algo malo. Era obvio que la situación no solo la habían visto desde su perspectiva: una chica forcejeando con un hombre mayor mientras una niña rubia grita desconsoladamente a un lado y además, era la fiesta de compromiso de mi ex novio, donde claramente yo no soy nada bienvenida. Nada me favorecía aquí, lo mejor era irme, pero a mí… me habían sacado de ahí.

Qué injusto...

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