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El destino volvió a ponerlo frente a mí.

Los días comenzaron a pasar desde mi perspectiva, de forma lenta y dolorosa, mis ojeras eran cada vez más prominentes, pero había mucho por hacer…

Abría los ojos y estaba en un lugar: la cafetería, los cerraba y ya estaba en otro: el hospital, de un momento a otro, perdía noción del tiempo, quizás era lo mejor.

—Chelsea, cada vez te ves más delgada y agotada. —me repetían compañeros y maestros, en los pasillos. Escuchaba murmullos, hablaban de mí… la noticia de que mi ex novio iba a casarse en poco tiempo, circulaba como polvo por el aire a una velocidad impresionante. Eso me dificultaba superarlo rápido.

Llegué al trabajo en la cafetería, y ahí, frente a la parrilla, nuevamente me topé con mi jefa.

—¿Quieres un dinero extra, Chelsea? —me cuestionó.

—No me vendría mal. —expresé, porque… honestamente, estaba terriblemente endeudada, había sacado un crédito para comprar algunas cosas y… ahora, recibía llamadas continuas del banco y de otros cobratarios que amenazaban con embargarme. Era mucho estrés.

—Está bien pagado. —me guiñó el ojo. —Es de “cathering” en un evento de caridad. —me explicó. —Gente rica, pagan mucho la hora…—me aseguró.

—Sí, acepto. —no lo pensé por ningún motivo, no tenía una gran cantidad de dinero como para negarme a un trabajo bien retribuido.

Salí del hospital y me cambié lo más pronto que pude, de ahí… me dirigí al destino. Había algunas decenas de personas, todos uniformados.

—¿Tú eres Chelsea? —me dijo una mujer rubia, alta, se veía desesperada y tenía un gesto estricto en su mirada.

—S…

Ni terminé de hablar.

—Ponte esto, rápido.

Asentí con la cabeza y enseguida, me puse el uniforme. Nos subieron a mí y a esa gente, en una gran camioneta, íbamos apretados e incómodos, pero parece que eso no les importaba mucho, entonces… llegamos al lugar mencionado.

Era una gran mansión, con un enorme jardín, lleno de flores y luces en tono ocre, había mucha gente, todos apurados cumpliendo cada uno su papel en este evento: la decoración, el inmobiliario, la música. Nosotros estábamos a cargo de la comida. Debíamos servir y estar al pendiente de lo que los comensales quisieran.

—Lo que les pidan, háganlo, sean amables y muestren educación. No puedo tener ningún problema con nadie. —asentí con la cabeza al escuchar las instrucciones.

La paga era buena y yo… tenía un oscuro problema, así que, no iba a quejarme.

Empezaron a darme indicaciones y yo comencé a obedecerlas de manera inmediata: trae esto, mueve esto, etc, estaba entusiasmada así que, no tenía tiempo de quejarme. 

Los invitados comenzaron a llegar, nos pusimos en guardia, debíamos comportarnos con educación, al verlos, me percaté de que era gente rica, portaban vestidos y ropa de diseñador, yo sabía un poco de esas cosas… bastante en realidad, así que, estaba segura de lo que hablaba.

Pero aunque no me quisiera involucrar y solo estuviera aquí por la paga, no pude evitar escuchar de lejos que se trataba de la fiesta de compromiso de alguna gente importante, no de un evento de caridad como me habían dicho.

—Rápido. Enseguida. Ofrezcan una bebida de bienvenida a nuestros invitados. —nos exigió Camila, la mujer que nos había contratado.

Con la bandeja recién servida, me moví.

—Disculpe. ¿Le ofrezco algo de tomar? —le pregunté al elegante caballero frente a mi. Tomó la copa sin dirigirme la palabra, quizás habrá dicho entre dientes, algún gesto de agradecimiento, no estoy segura.

De pronto, sentí que alguien sujetó con fuerza mi brazo.

—¿Kelsey O’Neill? ¿Verdad? —me cuestionó un hombre que, por su acento, sabia que no era inglés, sino… de otro país, quizás irlandés, en ese instante, mi cuerpo sintió un miedo terrible. —Soy Liam O’Reilly. ¿Me recuerdas yo he trabajado con tu…

—Disculpe caballero, me confunde con alguien más. —exclamé con mucha seguridad mientras jalaba mi brazo para recuperarlo.

—No me he equivocado. Tu manera de moverte, tus modales, hay algo en ti que me resulta familiar.

—Le repito caballero, me confunde…—afirmé, evitando la mirada de ese elegante hombre mayor, porque actuaba como si quisiera desentrañar secretos de mí, secretos que no me atrevía a murmurar en voz alta.

Narrador-Omnisciente.

Desde el momento en el que Liam O’Reilly vio a Chelsea, supo que había algo distinto en aquella joven. No era solo la elegancia natural en sus gestos ni la seguridad con la que manejaba la bandeja; era la forma en que sus ojos se movían por el entorno, evaluando cada detalle, cada gesto de los invitados.

Era evidente que no era solo una camarera ordinaria. Su comportamiento delataba educación refinada, modales impecables, una disciplina que no correspondía a alguien de su supuesta clase. Liam tomó nota mentalmente, consciente de que la joven podía ser alguien importante, alguien cuya identidad debía confirmar antes de tomar cualquier decisión.

La vio huir, entonces… él decidió mantener la discreción. No podía asustarla ni revelar sus sospechas todavía. Solo observaría, recogería información y, cuando fuera el momento adecuado, se acercaría a la familia de la joven para advertirle sobre lo que podría estar en juego, si es que él primeramente estaba en lo cierto, porque vamos, Liam era un hombre viejo, a veces… la vista le fallaba.

Chelsea Hale.

Me fui de prisa, por suerte, mi bandeja con copas no se había caído por el ajetreo con el que escabullí. Yo debía ante todo, se discreta de muchas cosas que me perseguían.

—Señorita. —me llamó alguien. —Dos copas, para mí y mi prometida.—el tono del chico sonaba con mucho entusiasmo, giré mi cuerpo hacia el llamado, intentando olvidar el encuentro con el hombre de antes. —¡Chelsea! —me llamó con asombro, esa voz me sonaba muy familiar. Temblé. Se trataba nada más y nada menos que, de mi ex novio: Brandon.

—¿Cómo tuviste el cinismo de venir hasta nuestra fiesta de compromiso? —preguntó Isabella, mientras lo sujetaba fuertemente del brazo.

—Aquí tiene sus bebidas, caballero, señorita…—les oferté, con cuidado.

Isabella la tomó, pero con tan poca suavidad que, esta cayó al suelo. El vidrio se rompió y generó un desastre en el suelo.

Hice un gesto de desaprobación, es evidente que esta chica quiere meterme en problemas.

¿Dónde vine a meterme? Dios mío, todo es tan caótico.

—¿Acaso eres despistada? —me cuestionó Brandon con tosquedad. —Casi arruinas el vestido de Isabella. —me regañó. —¿Estás bien mi amor? —le preguntó con dulzura.

—Sí, mi futuro esposo, seguro tu ex vino hasta aquí a querer arruinar nuestra fiesta de compromiso. Entiéndelo, como sea que te llames, el anillo, me pertenece a mí. —después de su argumento, me desplegó la mano izquierda, la cual, estaba adornada con un diamante de corte esmeralda, cuyo resplandor, parecía albergar siglos de historia familiar; la banda, era de oro blanco, la pieza era una verdadera reliquia familiar, era un emblema que gritaba: poder, tradición, responsabilidad. Isabella, se notaba orgullosa y honrada de portar tan semejante tesoro, le quedaba bien, era de su estilo…

Sin embargo, para mí fue muy duro reconocer que, hacía unas semanas, esas dulces palabras que salían de los labios de Brandon, iban grabadas con mi nombre, sentí un vuelco en el corazón, pero todo este atropellamiento, me ayuda también a quitarme la venda de los ojos.

Sin darme cuenta me había hundido en tristeza y desánimo.

—¡¿Qué hiciste niña tonta?! —se acercó mi jefa a regañarme por el vaso que Isabella había roto. Brandon e Isabella se alejaron en ese momento.

—Espere, yo no quise…—dije, mientras con cuidado, intentaba levantar los pedazos de cristal del piso.

—Eres tan torpe. —me regañó por no darme prisa como ella quería, en el ajetreo, había llamado al personal de limpieza, y yo… por querer ser rápida, me corté el dedo, era algo mínimo, pero el problema no era ese, era que, la sangre que borboteaba de mi herida, significaba una cosa: que había perdido el control.

Traté de mantenerme al margen, mientras rápidamente envolvía mi dedo contra mi ropa oscura.

—Auch. —me quejé.

—Aquí tiene señorita. —Me dijo una voz masculina.

—Gracias.— expresé rápidamente, mientras tomaba la servilleta que acababa de ofertarme ese amable caballero y procedía a apretar mi dedo contra ella, en el acto, había manchado mi ropa. Levanté la mirada para conocer a la persona que me había ayudado. Quería conocer a la voz cálida queme había auxiliado en este momento de confusión.

¿Quién era él? ¡Cuánto misterio!

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