Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire en la cocina se siente denso, y hace un calor infernal. En la ventana que da hacia la calle, una lámpara parpadea y me roba la atención un momento.
No puedo creer lo que estoy viendo. Y me quedo inmóvil un instante para que no note mi presencia. Papá está de espaldas, con las manos apoyadas al filo de la barra de la cocina. Está viendo con detenimiento un video de cocina sobre alguna receta de postre. Todo está absolutamente lleno de harina y utensilios de cocina, y el horno abierto y encendido; con justa razón hace tanto calor. En este segundo, recuerdo claramente cuando tenía 7 años, sentada en un banco alto, jugando con los pies en el aire y esperando a que papá me pida una cuchara, un batidor, una servilleta, y ansiosa por comer un delicioso rollo de canela con leche tibia. Ahora mismo me invade una nostalgia. Parecida a cuando recuperé mi pluma, como si hubiera recuperado una parte de lo que era mi vida, de lo que me hacía feliz. Papá nota mi presencia y le dedico una sonrisa cálida, como el ambiente. Él me devuelve una sonrisa un poco más apagada, pero con la misma calidez. —Hola, pequeña— Sí, sigo siendo su pequeña, a mis 348 meses. —Hoy fue un día bueno, por fin después de tanto tiempo me han reducido la dosis de medicamento y quería darte un regalo. Estoy viendo uno de esos tutoriales —no es momento de corregir su oratoria, le diré que son “tutoriales” más adelante—, lo siento, tu pobre padre ya no tiene la misma habilidad, pero espero que sepan tan ricos como antes. —Estoy segura de que sí —le digo mientras me voy acercando a un lado suyo y arremango mi camisa—. ¿Cuál es mi misión hoy? Terminamos juntos de hacer los rollos y cuando todo está preparado en la mesa noto que falta lo más importante y al unísono decimos: —La leche. —¿Te parece si termino de preparar la mesa en lo que tú vas a conseguirla? Hace un buen tiempo que papá no conduce, así que sí, es lo más rápido que vaya yo. Y aun así me tardaré al menos veinte minutos, entonces asiento, tomo mi abrigo y las llaves y salgo deprisa. Voy conduciendo y no puedo evitar pensar en cómo papá me pone el mundo de cabeza: si él está bien, yo me pongo bien; si él está mal, yo me siento igual. No es su culpa, pero así me siento y me cuesta mucho que no me afecte. Por mucho que intente desaparecer mis pensamientos… Muy en el fondo… Yo sé que papá fue la razón de que todo se arruinara con Luca. Conduzco de prisa de regreso. Ya pasaron veinticinco minutos y ya deben estar fríos los rollos. Qué lástima. Entro a la cocina y papá ya está sentado esperando. —Veo que no me esperaste. —Definitivamente no creas que quería probarlo antes de que se enfriara —comenta en un tono sarcástico—, solo estaba comprobando que supiera bien. Se levanta y toma la leche para ponerla a calentar, y mientras se va tomo un bocado del postre. Este es un sabor distinto. No sé si sea el paso del tiempo… O que realmente son distintos. Y mi vida ya es totalmente distinta, pero son buenos, están deliciosos; aunque no escandalosamente, agradables para el momento. Llega papá y comenzamos a comer. Este día, sin duda, quedará en mi mente como de los mejores de mi vida. Sé que no es tan sencillo… Pero puedo ver una luz al final del túnel. Hemos charlado durante aproximadamente una hora e incluso hubo algunas risas, como las que ya no solía haber tan seguido. Finalmente me vence el sueño y subo a mi habitación; las colchas… el cojín… y el colchón… Apenas cierro los ojos y dejo de saber de mí hasta la mañana del día siguiente. Despierto y las luces del sol se meten por la ventana, tan radiantes que ya no puedo continuar durmiendo. Y justo cuando voy a taparme los ojos pienso: ¿qué hora es? Busco mi celular entre la cobija y lo enciendo; marca las diez y media. Es demasiado tarde y justo hoy tenía la presentación de los resultados que terminé ayer. Quince llamadas perdidas de mi jefa y sé que se acerca mi muerte. Le devuelvo la llamada, pero cuelgo; si escucha mi voz ronca no me lo perdonará. En ese momento ella llama de nuevo: —¿Hola? ¿Sí sabes que hoy teníamos la reunión por videollamada, verdad? —Hola, Pam, buen día, lo siento mucho, en serio, es que… —Ya lo sé, te quedaste dormida… Mira, cuando empezó a ser tan frecuente supe que no eran accidentes de auto ni citas urgentes, y lo toleraba porque sabía que eres buena. Pero esta vez me han llamado la atención mis superiores, ya no puedo estar pasando esto. A partir de hoy estarás dos semanas suspendida. —Lo entiendo, y lo siento, Pam. Me esforzaré por mejorar. —Eso espero. Y cuelga. Ella sí que ha sido comprensiva conmigo, debo admitir. Pero cuando todo se juntó con la ausencia de Luca, mi cuerpo dejó de ser tan fuerte. Empecé a batallar para conciliar el sueño y, para no quedar mal, seguía usando como excusa a papá. Sé que no estuvo bien, para nada. Ahora, ¿qué demonios haré dos semanas enteras sin trabajo? A decir verdad, formaba parte de mi distracción del día a día; yo deseaba tener suficiente trabajo que me mantuviera ocupada para no divagar, y entre papá y el trabajo lo habían hecho bien en no dejarme pensar en algo que no fuera en ellos. Miro alrededor de mi cuarto y observo mis viejos cuadros pintados. No soy una artista, son cuadros con dibujos ya impresos listos para agregarles color, pero podía pasar el día entero si me era posible. Así que podría retomar ese hobby ahora, pero para eso necesito material, porque hace exactamente dos años que no consigo nada. Bajo las escaleras y papá aún sigue dormido, a las once a. m., pero hoy no lo puedo juzgar porque me pasó igual. Tomo las llaves del auto y me dispongo a ir a una de esas tiendas chinas donde compras cosas que no sabías que necesitabas. De regreso a casa vengo con tres pinturas que, a mi parecer, son fantásticas: una aurora boreal, un tigre y un atardecer. Llego con dos hamburguesas que encontré en el camino y le grito a papá que ahí está la comida. Me encierro en mi cuarto y, justo cuando me pongo los peores harapos por si me ensucio, suena mi celular. Es Dan: —¡Hola! ¿Cómo estás? —¡Hola! Mejor de lo que he estado en mucho tiempo, debo admitir. Me suspendieron del trabajo dos semanas —y le añado un tono orgulloso a mi hazaña. —¿Y desde cuándo eso es bueno? —Desde que puedo volver a hacer algo para relajarme. En fin, ¿a qué debo el honor de su llamada? —Dan no suele hablar solo porque sí, siempre tiene un motivo, razón o circunstancia que lo justifique. —Pues me alegra que tengas tanto tiempo libre, ¿lo que significa que no tendrás excusas para rechazar una invitación a una fiesta, cierto? Me arrepiento de haber hablado tanto. —Lamentablemente tienes razón. Pero sabes de sobra mi verdadero motivo, Dan, ¿te lo tengo que repetir? —Sí, sí. Por eso he hecho algunas llamadas para asegurarme completamente de que Luca no estará ahí. —Si estás mintiendo, te aseguro que te arrepentirás de haberme conocido. —No lo hago, y en caso de que lo dudes, puedes usarme como escudo humano para salir corriendo al estilo Cenicienta. —Supongo que no tengo alternativa. —No, no la tienes. Ya pasó más de medio año, ¿cuánto más planeas seguir exiliada? El COVID ya no es excusa para no salir. Pienso en lo genial que hubiese sido si todo esto hubiera ocurrido en la pandemia, sin siquiera invitaciones a salir. —Está bien, tú ganas. —Perfecto, yo pasaré por ti, no sea que surja algún percance en el auto. Y lo arremedo, aunque no me esté viendo. —¿Ya acabaste de arremedarme? —a veces me asusta lo bien que me conoce—. Una cosa más: no vayas a ir con tu chongo de “voy a lavar ropa”, por favor échale ganas. Mañana a las doce p. m. pasaré por ti; lleva un cambio porque hay alberca. —Adiós. Y en ese momento cuelgo. Aunque tarde horas en arreglarme, él siempre encuentra algo mal, y es de los temas que más odio hablar con él, así que me retiro antes de enfadarme más. La parte buena de estas fiestas con Dan, a los 29 (porque tenemos la misma edad), es que él ya no aguanta mucho, así que tengo la tranquilidad de que pasadas las diez treinta ya vendremos en camino de regreso. Ahora sí puedo disponerme a pintar. Paso un maravilloso día entre colores, música y alguna que otra salida por café o agua. Papá se encarga de la comida y juntos hacemos la cena, y siento que podría acostumbrarme a esto. Al día siguiente logro levantarme temprano, tal vez demasiado. Me preparo un café y un huevo en torta con queso para desayunar y le dejo uno hecho a papá. Lo más difícil es la elección de ropa que apruebe Dan. Me encantaría que él me pagara el outfit para que tuviera derecho de opinar, pero aun así le hago caso. Me pongo un vestido corto y ligero, de esas telas que te encanta sentir, color verde olivo con cerezas pintadas. Tiene vuelo al caer y es de tirantes con botones por el medio. Usualmente me dicen que me favorece porque me hace ver más clara, y considerando mi tono de piel amarillo-moreno claro, prefiero usar más este color. Me aplico un maquillaje natural, solo con un poco de brillos café y dorado en los párpados. Para los zapatos me pongo unos Converse y, por si las dudas, unas zapatillas no tan altas porque sé que Dan podría decir algo al respecto. Y con el cabello, me dejo el flequillo y el resto liso, apenas a los hombros. Aún duerme papá, así que le dejo una nota y justo a las doce escucho el claxon sonando. Salgo apresurada porque sé que no parará hasta que me vea afuera. Cuando salgo, veo sus ojos inspeccionándome aprobatoriamente hasta que llega a los zapatos; me hace una mueca y le muestro las zapatillas que guardé por si acaso. Su mueca cambia por una amplia sonrisa y mueve la cabeza indicando que me suba. Dan siempre ha tenido un gusto espectacular por la música y siempre hace una playlist cuando vamos de viaje. Cuando me pasa su celular para encargarme de guiarlo, veo el nombre de la playlist: “El rapto”. Y cuando abro la ruta marca ¡tres horas! —Dan, creo que la dirección está mal, marca tres horas y media de viaje. —Temo su respuesta. —Oh no, está bien la dirección. La fiesta es en una cabaña a tres horas de aquí. —No puede ser. Este no era el trato. —Claro que sí, tú no preguntaste dónde. Está bien, si no quieres ir puedes saltar por la ventana —y me da una media sonrisa sin voltear a verme—. Mejor alcánzame algo de comida, está detrás. Estoy muy molesta, pero bajo sus condiciones no puedo hacer nada más. Tomo los snacks y veo que varios son de mis preferidos. —Sí, puedes tomar los que te gustan, son para ti —y abre la boca para que le dé una papita. Se la doy y tomo una también. Con la comida cerca no tardo en ponerme de buen humor, y aún tengo la esperanza de que regresemos temprano, así que está bien.






