Capítulo II: La pluma

Ha pasado una semana desde que encontré ese papel, pero para mi ventaja no he vuelto a tener más recuerdos súbitos. Hoy he quedado para comer con mi mejor amigo, Dan. Él es una persona de lo más inteligente, lo conocí en la escuela mientras ambos cursábamos la universidad, ambos contadores, y destaqué más que nada gracias a él; podría pasar horas charlando con él sin el más mínimo problema. Tengo muchas ganas de contarle del pequeño nudo en la garganta que ando cargando, pero es ridículo hasta para mi gusto.

—¡Hola!

—¡Holaaa! —siempre me da un gusto enorme verlo—. ¿Cómo estás?

—Muy bien, radiante como podrás notar.

Salió de viaje hace un mes, es de esas personas con un trabajo que no sabes dónde se consiguen y se puede permitir viajes con vacaciones un mes entero, qué envidia, de la buena, claro.

Sonrío con gusto y le contesto a la vez que me voy sentando, quedamos de vernos en un Bips cerca de casa, él pide un helado y yo un elote con nachos.

—Te ves genial. ¿Me trajiste algo? Aparte de tu radiante presencia.

—Por supuesto, ¿quién crees que pagará este snack?

—Jajajaja, qué generoso es usted.

Sí, así es él, así que lo dejo pasar. Después de ordenar continuamos charlando sin rumbo un rato, hasta que quiero de verdad contarlo, solo para sacarlo.

—Encontré algo.

—Oh no, recuerdo claramente esa noche en el auto, estuvimos horas tirando todos los recuerdos y ni hablar de los dos paquetes de Kleenex que, por cierto, no me pagaste. No me digas que sí era necesario quemarlo para que no lo recuperaras.

—Ya sé, ya sé. No, esta vez no estoy devorando el litro de helado, no te preocupes. Solo encontré un trozo de una carta, de hecho, la primera que me dio. Y ya sabes, vuelven los recuerdos. —Trago saliva para evitar los sentimientos que aún se cuelan en mi cara.

—Bueno, querida, ya sabes lo que pienso del tema. No estás ahí porque no quieres —cambia la expresión en su rostro y se pone en su modo serio, raro de él—. Pero yo siempre te voy a apoyar en lo que sea que decidas —dice finalmente, y es un alivio porque me recuerda su incondicionalidad.

—Lo sé, es solo que, ya sabes, no desaparece de la noche a la mañana el sentimiento.

—¿Quieres que le hable?

—¡No! Sería una burla para él querer buscarlo ahora, después de todo. Aparte, no tengo una solución para él, para mí es imposible ya volver a estar juntos.

—Lo que él quería no era algo fuera de la razón, incluso yo te lo digo, pero eres por demás terca. La verdad es que a veces lo compadezco, y de vez en cuando chateo con él.

—¿En serio? ¿Cómo está? No sé por qué, pero ni siquiera por accidente me lo he topado estos seis meses, tal vez cambió de ruta para no verme, considerando que tomo las mismas rutas para encontrarlo. —Y justo cuando suelto esa última frase, Dan explota en risas.

—Jajajajaja, no lo puedo creer, a veces haces cosas muy contradictorias, ¿sabes? Sobre lo de cómo está él, no te lo diré, si quieres saber pregúntaselo tú misma.

—Ashh, se me olvidaba con quién estoy hablando, pero es cierto, no debería estar buscándolo así. Y bueno, supongo que me quedaré con la duda.

Suspiro porque sé que en parte tiene razón, pero en parte no. Ya lo he discutido con él unos cientos de veces y ninguno cambia la forma de pensar del otro. Voy a tomar el último trozo, pero Dan se da cuenta y se apresura a metérselo a la boca, me dedica una sonrisa cínica y continúa comiendo. Ha comenzado en el restaurante una estupenda canción y comienzo a tararearla. Pasada media hora Dan ya quiere irse, así que nos despedimos, en cuanto lo abrazo me dice:

—Sé que bromeo mucho sobre el tema, pero si necesitas quemar cualquier otra cosa, ya sabes que estoy aquí, siempre estaré.

Casi se me rompe la voz al querer hablar, así que solo asiento.

No quiero llegar aún a mi casa, en ocasiones es una gran desventaja tener un empleo home office. Trabajar desde casa generando reportes para una empresa extranjera da facilidades, pero no es tan entretenido como quisiera. En ocasiones creo que debería buscar mi vocación de verdad, pero sigue en espera. Giro en la siguiente vuelta y me dirijo a mi parque favorito. Hay muchos lugares lindos por aquí, pero en especial guardo uno que compartí con quien no debía y ahora me cuesta regresar. Pero hoy necesito ese lugar especial para relajarme y acabar mi trabajo.

Mi ritual es sencillo pero necesario: una sábana en el pasto, un par de sándwiches de queso con jamón dorados y un refresco de naranja, sin olvidar los mini bombones para un rato más tarde. Hace un día estupendo y el sol está radiante, ya secó toda la lugubridad que hubo en el ambiente de la semana pasada y el aire es fresco a pesar del sol. En este parque en específico hay una pequeña cascada y, aunque algunos prefieren ese lugar para estar, yo elegí un hermoso sauce llorón que cubre un espacio enorme con su tamaño, sus hojas cubren hasta el piso y pareciera que te acaricia cuando hay viento. Por una extraña razón tiene un hueco donde caen muy pocas ramas con sus hojas, y desde ahí alcanzo a ver un pequeño charco donde de vez en cuando se bajan los pajaritos a bañarse, verdes, rojos, cafés, tan simpáticos y simples, me transmiten mucha paz.

Saco mi laptop y mi libreta, disponiéndome a trabajar y me tiro en el pasto, pero algo se me clava en la rodilla y me recorre un dolor horrible. Levanto la sábana y encuentro ahí una pluma, mía.

Aquí estaba, llevaba perdida más de medio año, justo el tiempo que dejé de verlo a él. Ahora sí se me escapó una lágrima, este fue el último regalo de papá, lo recuerdo al graduarme de preparatoria, llegar con un estuche muy bonito y elegante, color negro con un moño de terciopelo y cinco rosas rojas, no sabía qué era, pero me fascinaba ese estuche. Y al abrirlo ahí estaba, una pluma beige muy fina y con un dibujo que sobresalía parecido a ramas y hojas color dorado. Giro mi mano y rayo con ella sobre mi palma para comprobar que aún tiene tinta, once años después la usaba únicamente para cosas importantes y habían sido muy pocas dignas de merecerla.

Con el corazón melancólico pero contento empiezo a trabajar y me sumerjo en números y más números.

No me he dado cuenta y la noche ya se empieza a hacer presente, si bien este lugar es tranquilo no me fío de las personas. Recojo mis cosas, entro en el auto y conduzco hacia casa. Giro la llave y papá ya está aquí.

Siendo sincera, la mayor parte de las veces no disfruto tanto llegar con él, antes solía ser muy feliz y animado, siempre encontrando una solución a todo lo que parecía una montaña insuperable, pero desde que empezaron sus indicios de depresión todo cambió. Primero dejó de preocuparse por su aspecto, la barba descuidada, el cabello crecido, empezaba a dejar sus cosas por aquí y por allá en la casa. Realmente no me alarmaba mucho al inicio, pero fue empeorando poco a poco. Todo fue más grave en el momento en que dejó de poder dormir un mes y él simplemente colapsó, la misma falta de sueño lo volvió serio e irritable, ya no bromeaba con cosas graciosas, algo que yo amaba, sobre todo en momentos difíciles. Perdió su empleo de toda la vida, y siendo solo él y yo en casa, la responsabilidad recayó directamente en mí. Sé que necesita mi ayuda, pero han transcurrido dos años y sigue teniendo altibajos.

Me quedo un momento en el auto para tomar aire y dar mi mejor cara, en la mañana no logré verlo porque tuvo cita con su psicólogo, espero que hoy haya sido uno de esos buenos días porque el mío no lo fue en lo más mínimo.

Giro la perilla de la puerta y entro a la casa, solo está encendida la luz de la cocina y debo admitir que cada vez que lo encuentro así me da terror, no sé si soportaría enfrentar nuevamente una escena como la de hace un año, y temo aún más no llegar a tiempo esta vez. Conforme me voy acercando a la cocina se escucha levemente un sonido de varias voces, ¿estará viendo alguna de sus series?

Entro a la cocina.

Suelto un grito ahogado al ver la escena.

Me deja pasmada, incluso sin poder respirar.

No puede ser…

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