Ha pasado una semana desde que encontré ese papel, pero para mi ventaja no he vuelto a tener más recuerdos súbitos. Hoy he quedado para comer con mi mejor amigo, Dan. Él es una persona de lo más inteligente, lo conocí en la escuela mientras ambos cursábamos la universidad, ambos contadores, y destaqué más que nada gracias a él; podría pasar horas charlando con él sin el más mínimo problema. Tengo muchas ganas de contarle del pequeño nudo en la garganta que ando cargando, pero es ridículo hasta para mi gusto. —¡Hola! —¡Holaaa! —siempre me da un gusto enorme verlo—. ¿Cómo estás? —Muy bien, radiante como podrás notar. Salió de viaje hace un mes, es de esas personas con un trabajo que no sabes dónde se consiguen y se puede permitir viajes con vacaciones un mes entero, qué envidia, de la buena, claro. Sonrío con gusto y le contesto a la vez que me voy sentando, quedamos de vernos en un Bips cerca de casa, él pide un helado y yo un elote con nachos. —Te ves genial. ¿Me trajiste algo?
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