La cólera del supremo.
Frente al laboratorio, Leo daba vueltas como un tigre enjaulado. Y su aspecto era un poema al desastre; llevaba barba descuidada, ojeras como dos lunas negras y ropa que, aunque no estaba sucia, parecía haber sobrevivido a tres guerras y un par de lavados descoloridos.
Se mordía las uñas con la desesperación de un adicto hasta que, por fin, la puerta de cristal se abrió y Claudia apareció.
En cuanto la vio, Leo corrió hacia ella como si hubiese visto un salvavidas en medio del naufragio.
—¡Claud