Cuando el macho beta descubre los cojines con borlas.
Con los hombros caídos como si cargara el peso de toda su maldita existencia y dos ojeras tan profundas que parecían cráteres lunares, Lioran arrastraba los pies por el largo camino hacia su casa. Y aunque le urgía cumplir la orden directa del supremo —quien, con más autoridad que tacto, lo había arrancado de su reclusión del castigo, para pedirle reorganizar a la manada que estaba bajo amenaza de guerra.
El paso de Lioran era lento, casi tortuoso. En condiciones normales, ya habría tomado s