Lucas entró en la habitación del hospital de su tía María, con el corazón hecho pedazos. El pitido de las máquinas y el olor a desinfectante llenaban el aire, pero sus sentidos estaban entumecidos. Miró el cuerpo inconsciente de su tía, su figura frágil, un recordatorio brutal de su propia vulnerabilidad.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras recordaba las palabras de Janette: “Vete, Lucas.” La firmeza en su voz aún resonaba en su mente. Sentía que se ahogaba en un mar de arrepentimien