CALIFORNIA
Reynold (ahora Reinaldo) destrozaba la oficina de Dean (ahora Dino) como un loco. Abría cajones de un tirón, vaciaba archivadores, lanzaba papeles por el aire. Volteó libros, esparció archivos por el suelo y revisó cada rincón del escritorio de caoba.
—El testamento tiene que estar aquí —murmuró, con la frustración goteando de cada palabra. El sudor perlaba su frente mientras sacaba el cajón inferior y volcaba su contenido al suelo. Nada.
En ese momento, su teléfono vibró. Reinaldo so