Picnic.
Sacó una manta de la mochila y la tendió sobre el césped, acomodó las viandas y se sentó en un extremo con las piernas tendidas. El día estaba radiante y Fernanda insistió para que hicieran un picnic, alegando que deberían aprovechar que ambos coincidieron en el día libre.
—Aún no puedo creer, te lo digo en serio, Laín —comentó Fernanda, sentándose en el otro extremo de la manta—. Es decir, está tan cambiado. Como que tiene más vida, como que realmente vive.
—¿De qué estás hablando? —preguntó—.