Vaya, qué sorpresa...
Fernanda caminaba de un lado al otro, la pequeña alfombra amortiguaba el ruido de sus tacones. Miraba —de vez en cuando— su reloj de pulsera, contando los minutos.
—Llevas más de quince minutos allí. ¿Qué tan difícil es probarse una camisa? —preguntó, con tono divertido, aunque sus ojos brillaban con un dejo de expectativa.
La puerta del cambiador se abrió...
—Esto es... No me gusta, Fer —dijo Laín, haciendo una mueca que no alcanzaba a ocultar la incomodidad.
La tela le apretaba el pecho, los