109. Tres jugadores peligrosos.
Me acerco a él y coloco una mano en su hombro, haciéndole sentir que estoy de su lado. Por ahora, al menos.
—Estamos juntos en esto, Vicente. Siempre lo hemos estado.
Él asiente ligeramente, pero el brillo de sospecha en sus ojos sigue ahí. Nunca desaparece del todo.
—Ve a casa —dice finalmente, volviéndose hacia mí con un gesto más suave—. Necesito pensar.
Lo beso en la mejilla, un gesto más íntimo de lo que suele permitir, y me retiro hacia la puerta. Mientras salgo, no puedo evitar sentir es