La mañana siguiente amaneció gris, pesada, con un cielo que parecía presagiar que algo estaba a punto de quebrarse. Camila despertó temprano, pero no por descanso: había pasado la noche entera dando vueltas, sintiendo que la calma de los últimos días era demasiado frágil, demasiado perfecta para durar. Gavin dormía a su lado, respirando con un ritmo lento, profundo, como si al fin hubiese encontrado un poco de paz después de semanas de tensión. Pero esa paz no tardaría en desmoronarse.
Cuando Camila se levantó, encontró su teléfono repleto de llamadas perdidas. Primero pensó que tal vez era trabajo, alguna emergencia normal. Pero al ver el nombre en la pantalla —Mamá— sintió un nudo en el pecho. Su madre no era insistente a menos que algo serio estuviera ocurriendo. Y el hecho de que hubiera llamado diez veces en menos de una hora hacía que se le helara la sangre.
Apretó los labios, intentando no despertar a Gavin, y salió al balcón para devolver la llamada.
—¿Mamá?
La voz que respond