A la mañana siguiente, me desperté sintiéndome mucho mejor. El sol de Melbourne entraba por la ventana, prometiendo un día claro, mientras Mateo, mi pequeño ancla de normalidad, estaba absorto en sus juegos de construcción en el salón. Me permití un breve momento de paz, saboreando el café, antes de abrir mi ordenador. La paz, sin embargo, se desvaneció con el parpadeo de la pantalla.
El mundo corporativo, al parecer, nunca duerme; solo cambia de huso horario para encontrarte.
Una oleada de not