La noche siguiente al paseo por el malecón, Camila no pudo dormir. No por preocupación, sino porque algo nuevo —algo cálido, vibrante, inesperado— se había instalado dentro de ella. Cada vez que cerraba los ojos, la voz de Gavin volvía, suave como una caricia:
“Yo estoy enamorado de ti. Y no voy a pedirte que respondas igual. Solo quiero que no tengas miedo de sentir.”
Aquellas palabras habían cambiado algo profundo en ella. No se trataba solo de lo que él sentía. Se trataba de la manera en que