La gala había terminado. El espectáculo público había concluido. Pero en el ático, el escenario privado estaba listo para el acto final.
Olivia no podía más. La imagen de Alexander mirando a Isabella bailar se había incrustado en su mente. Una y otra vez, como un video en bucle. Su expresión. Su concentración absoluta. El respeto… no, la fascinación en sus ojos.
No era celos. Era agonía. Agonía por entender. Por saber dónde estaba su lugar en medio de todo aquello.
Alexander había estado en su estudio desde que llegaron. Olivia esperó. Una hora. Dos. Finalmente, salió. Iba camino a su habitación, pasando por la sala con paso cansado.
—¿Podemos hablar? —dijo Olivia, su voz saliendo más firme de lo que esperaba.
Él se detuvo. Sin volverse.
—Es tarde, Olivia.
—Sé qué hora es.
Él suspiró, un sonido de exasperación. Se volvió lentamente. Su corbata ya estaba deshecha, el esmoquín abierto. Parecía agotado. Pero no del cansancio físico. De algo más.
—¿De qué quieres hablar? —preguntó, su ton