La revelación silenciosa de la noche anterior cargó el aire de Blackwood Manor con una electricidad distinta. Olivia desayunaba, no en el comedor principal, sino en el pequeño solárium oriente, cuando Alexander entró. No era un cruce fortuito. Su presencia, a esa hora y en ese lugar, era deliberada.
—Hoy nos trasladamos a la suite del piso superior del hospital —anunció sin preámbulos, sirviéndose café—. Mi abuelo ha empeorado. Los médicos creen que es cuestión de días. Quizás horas.
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