Blackwood Manor se alzaba como un centinela de piedra y vidrio contra el cielo plomizo de Connecticut. Después de tres semanas viviendo entre sus muros, Olivia comenzaba a comprender que la mansión no era solo una casa; era el termómetro de un ecosistema social perfectamente aislado. Cada crujido del parqué de roble bajo sus pies, cada susurro discreto de los numerosos empleados, cada mirada desde los retratos de antiguos Vance que poblaban las galerías, parecían evaluar su permanencia. Era una