El silencio en el ático era diferente. No era la tensión cargada de deseos reprimidos o de palabras no dichas, sino el sonido del agotamiento que sigue a una batalla campal librada en los frentes interno y externo. Olivia, sentada en el sofá con las piernas recogidas bajo sí, miraba la ciudad a través del ventanal sin realmente verla. En su mente, se repetía como un mantra la escena del piso piloto: la decepción gélida en los ojos de Eleanor, la palidez furiosa de Walsh, el polvo de construcció