La limusina negra se deslizó entre los altos portones de hierro forjado que marcaban la entrada a la propiedad de Charles y Eleanor. El camino serpenteaba a través de un jardín meticulosamente cuidado, donde la luz del atardecer se filtraba entre robles centenarios y esculturas clásicas que parecían observar el paso del coche con desdén de piedra. No era una casa; era un feudo, una declaración de poder y linaje que hacía que el ático moderno de Alexander pareciera una simple suite de hotel.
Oli