La euforia de la inauguración duró exactamente cuarenta y ocho horas. El lunes por la mañana, mientras Alexander revisaba los titulares positivos en su oficina, Thorne entró sin anunciarse. Su rostro era una máscara de granito.
—Tenemos un problema —dijo, colocando una carpeta delgada sobre el escritorio. —Sebastian se movió.
Alexander sintió que el aire se le helaba en los pulmones. Abrió la carpeta. En el interior, no había fotografías dramáticas ni amenazas escritas. Solo informes financiero