Thorne trabajó con la eficiencia de un reloj suizo. En setenta y dos horas, tenía un mapa. No de la ubicación de Sebastian, sino de su red.
Era una telaraña intrincada de sociedades fantasmas, cuentas bancarias en paraísos fiscales de segundo y tercer nivel, y prestanombres con antecedentes delictivos menores. Sebastian había aprendido de los errores de su padre; su estructura era más descentralizada, más digital, más difícil de rastrear hasta él de manera concluyente.
Pero Thorne era implacabl