El domingo amaneció gris. Una luz pálida se filtró por las persianas del apartamento. Alexander despertó con un espasmo en el cuello. El sofá. La manta de lavanda. La memoria regresó de golpe.
Se sentó. El silencio era absoluto. Las puertas, cerradas. Él, un intruso en la quietud ajena.
Se levantó, estirando músculos doloridos. Recogió y dobló la manta con cuidado. Su primer impulso: café, teléfono. Lo contuvo. No era su casa.
Fue al baño. Se lavó la cara. El espejo le devolvió la imagen de un h