Rostova había sido clara: Alexander no debía testificar. Su historial era un campo minado. Pero cuando Grossman anunció que llamaría a Sebastian como testigo para “detallar la inestabilidad de su primo”, Alexander miró a Rostova y negó con la cabeza. Un gesto firme, final.
No podía quedarse sentado. No mientras Sebastian iba a mentir sobre él ante un juez que decidiría el futuro de su hija.
Susurró algo al oído de su propio abogado, quien palideció, pero asintió. Luego, Alexander levantó la man