La oficina de la Dra. Elena Rostova estaba en el piso cuarenta. Silenciosa. Fría. Con vista a Central Park.
Olivia entró con Emma de la mano. La recepcionista, una mujer con gafas de montura fina, ni siquiera sonrió.
—La Dra. Rostova la espera. La niña puede quedarse aquí. Tenemos una área con juguetes.
Emma se aferró a la pierna de Olivia.
—Es sólo un rato, cariño. Mira, hay bloques.
Una asistente joven salió y guió a Emma, con gentileza profesional, a un rincón acristalado lleno de juguetes e