Fue un accidente.
Una necesidad fisiológica básica lo llevó al baño. El camino fue un forcejeo. Sus piernas, débiles por la desnutrición y la falta de uso, apenas lo sostenían. Se apoyó en la pared. El yeso fresco estaba frío bajo sus dedos.
La puerta del baño estaba entreabierta. La empujó. El pestillo oxidado chirrió. Un sonido agudo en el silencio sepulcral del ático.
Entró. No encendió la luz. La luz del baño era brutal, fluorescente. La odiaba. La penumbra del pasillo era suficiente. Podía