Mientras Olivia aprendía la luz del amanecer a través de los ojos de su hija, Alexander aprendía a vivir en una oscuridad perpetua.
El ático se convirtió en una tumba de vidrio y acero. Las persianas, que había abierto con tanta esperanza, volvieron a bajarse. Sellaron el mundo exterior. Dentro, solo reinaba un crepúsculo artificial, roto por el brillo fantasmal de pantallas de computadora apagadas y el LED rojo del router.
Su plan, aquella llama de venganza meticulosa, se había apagado. La reu