A las 9:55 a.m., Alexander estaba de pie en el centro de su salón, revisando por tercera vez si todo estaba en orden. Había comprado un pequeño puff rojo para la habitación de Emma, colocado junto a la ventana redonda. En la cocina, había leche en la nevera y una caja de cereales infantiles en la encimera, por si acaso. El apartamento olía a café recién hecho y a limpieza, no a vida aún.
El timbre sonó a las 10 en punto. Alexander abrió la puerta y allí estaban. Emma, con una mochila con forma