El último eco del ascensor se desvaneció. El silencio que quedó no era paz. Era la calma tensa antes del choque. Alexander se volvió. Su movimiento fue lento y deliberado. Sus ojos, antes una tormenta gris, ahora eran de acero pulido. Reflejaban la luz y a ella, pero no mostraban nada.
Olivia no retrocedió. El miedo se había solidificado en una columna de hielo en su columna. Sobre ese hielo, construyó una fortaleza de ira. Toda la duda, toda la humillación de los minutos anteriores hirvió hast