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—¿No quieres nada más? ¡Ya es hora! —le insinué de nuevo que se fuera, pero Yegor solo se acercó más y me apretó contra él. Yo extendí los brazos y apoyé las palmas de las manos en su pecho grande y firme. ¡No pienso besarlo!

—¡Suéltame! ¡Perro! ¡No me toques! —seguí resistiéndome a sus caricias.

—Está bien... perdóname, florci
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