Los hombres no se atrevían tocarla, tan sólo se santiguaban y rezaban, temblando de miedo, mi madre, cómo siempre con voz enérgica, les gritaron para que la obedecieran y los amenazó con correrlos si no lo hacían, pero también les ordenó no decir nada, por lo que no tuvieron más remedio que obedecer; ella los guio hasta el sótano, salimos de mi habitación, y caminamos por el corredor superior, hasta la escalinata que llevaba directamente hasta el huerto, no quería que nadie ajeno al palacio, se