Los días comenzaron a pasar con una lentitud desesperante.
Mateo revisaba su teléfono varias veces al día, casi por reflejo. Cada vibración, cada notificación, le provocaba un pequeño salto en el pecho… pero nunca era lo que esperaba.
Alma no respondía.
Ni a sus llamadas.
Ni a sus mensajes.
Al principio pensó que tal vez estaba ocupada, o que necesitaba espacio después de todo lo que había sucedido con Tomás. Intentó convencerse de que lo mejor era no presionarla.
No quería parecer insistente.