Laura no estaba acostumbrada a perder.
Durante años había movido las piezas con precisión: una palabra a tiempo, una duda sembrada, una omisión estratégica. Tomás siempre había respondido igual: cediendo. Pero ahora algo se había desalineado, y la sensación la enloquecía.
Fue ella quien escribió primero.
“Dejá de intentar retener a Tomás con falsos embarazos. Ya decidió que no quiere estar contigo.”
Alma leyó el mensaje sin sorpresa. No sintió rabia, solo cansancio. Respondió con una calma que